lunes, 11 de mayo de 2015

"Un prisionero en el calabozo" por Anne Brontë


Un prisionero en el calabozo profundo
se sentó en silenciosa reflexión;
la cabeza descansaba en su mano,
su codo sobre la rodilla.

Arrojó sus pensamientos hacia el futuro
¿O hacia atrás fueron lanzados?
¿la libertad es morir hoy de pena
o afligirse por el pasado?

Tanto tiempo ha vivido en cautiverio,
solo en la penumbra de la mazmorra,
que ya no posee pena ni esperanza,
ha dejado de afligirse por su destino.

Él no suspira por la luz del día,
ni añora su vieja libertad; 
esas ideas han dejado de atormentar
su frente ardiente.

Perdido en un laberinto de pensamientos errantes
él se sienta inmóvil;
aquella postura y aquella mirada proclaman
el estupor de la desesperación.

Pero no siempre ese humor
prevaleció sobre el enojo;
había algo en su ojo
que contaba otro cuento.

No hablaba de la razón perdida,
no era similar a la locura;
era un fuego de parpadeo irregular,
una luz extraña e incierta.

Y por decir, estos últimos años trajeron
extrañas fantasías de tanto en tanto, 
llenando su celda con escenas de vida
y las formas de hombres vivos.

Una mente que no cesa de pensar
¿qué necesidades puede atesorar?
el letargo puede traer alivio al dolor
y locura a la desesperación.

Tales escenas insólitas, tales formas que revolotean
como jirones de un sueño febril:
¿Qué pasaría si aumentan
y la razón decae lo suficiente?

Pero escucha, ¿qué sonidos han golpeado su oído?
voces humanas parecen;
dos han entrado en su celda;
¿también éso puede ser un sueño?

Orlando, oye nuestras alegres noticias:
¡Venganza y libertad!
Tus enemigos están muertos,
y hemos venido a darte libertad.

Entonces habló el mayor de los dos,
y en los ojos del cautivo
buscó el éxtasis que brilla
pero sólo sorpresa encontró.

¡Mis enemigos están muertos!
Debe ser que la humanidad entera ha muerto.
Ya que todos eran mis enemigos,
pues amigos nunca tuve. 

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