lunes, 1 de mayo de 2017

"La lección de August" (R.J. Palacio)


"Su cara lo hace distinto y él solo quiere ser uno más. Camina siempre mirando al suelo, la cabeza gacha y el  flequillo tratando en vano de esconder su rostro, pero, aun así, es objeto de miradas furtivas, susurros ahogados y codazos de asombro. August sale poco, su vida transcurre entre las acogedoras paredes de su casa, entre la compañía de su familia, su perra Daisy y las increíbles historias de La guerra de las Galaxias. Este año todo va a cambiar, porque este año va a ir, por primera vez, a la escuela. Allí aprenderá la lección más importante de su vida, la que no se enseña en las aulas ni en los libros de texto: crecer en la adversidad, aceptarse tal y como es, sonreír a los días grises y saber que, al final, siempre encontrará una mano amiga"







Años antes de publicar la novela que le daría la fama, R.J. Palacio estaba en una heladería con sus hijos cuando, en el mismo banco en el que ella estaba sentada con su hijo menor, se sentó una mujer con una niña que tenía una grave deformidad en la cara. Al verla, su hijo se asustó y empezó a llorar, lo que llevó a R.J. Palacio a levantarse nerviosa e intentar llevarse al niño para no incomodar a la familia. Sin embargo, en ese momento tropezó con su hijo mayor, quien traía los helados, y provocó un desastre aún mayor que terminó con la marcha silenciosa de la otra madre y su hija. La escritora de "La lección de August" siempre ha lamentado este suceso y su forma de afrontarlo, entiende que pudo haber hecho las cosas de otra manera, hablando con la madre y demostrándole a su hijo que existen muchos tipos de personas y que siempre hay que ser amable con ellas. Esa noche, el recuerdo de lo que había ocurrido, mezclado con la canción "Wonder" de Natalie Merchant, plantó la semilla del libro que hoy voy a reseñar.



August es un niño de 10 años que tiene el síndrome de Treacher Collins el cual, entre otras complicaciones, le provoca una grave deformidad en el rostro de la que todo el mundo es consciente. Debido a las continuas operaciones a las que ha tenido que someterse, August nunca ha ido al colegio ni ha podido conocer a muchos niños. La mayoría le tienen miedo o se sienten demasiado incómodos en su presencia, y por ese motivo él prefiere quedarse en su pequeño mundo de clases en casa, películas y familia. Sin embargo, ha llegado el momento de que eso cambie. Los padres de August han decidido que es hora de que su hijo se enfrente al mundo y acuda a la escuela por primera vez, incluso sabiendo lo difícil que eso puede llegar a ser. Acompañado por su familia y por un director escolar dispuesto a todo con tal de que conseguir que le acepten, August comienza un difícil viaje en el cual las vidas de todos los personajes cambiarán para aprender la lección más importante de todas. 

Si he tardado tanto tiempo en leer este libro ha sido por el miedo que me daba encontrarme una historia triste y lacrimógena, que terminase conmigo envuelta en una manta, con una tarrina de helado de chocolate y viendo una película mala de sábado por la tarde. No era un plan que me apeteciese especialmente así que hice oídos sordos a todas las buenas críticas que se decían a mi alrededor y dediqué mi atención a otras lecturas. Sin embargo, hace poco hice una lista de aquellos libros que habían vuelto locos a los lectores y decidí intentar leerlos todos o, al menos, su mayoría. Gracias a esa lista he corregido el gran error que había supuesto no leer "La lección de August". 




Al contrario de lo que había creído, el libro de R.J. Palacio no es un drama que te tenga con un pañuelo en la mano durante toda la lectura, sino todo lo contrario. Se trata de una historia maravillosa, divertida, conmovedora y emocional, pero no triste. Contada desde múltiples puntos de vista, este libro nos cuenta como muchas veces el mundo puede ser muy cruel con aquellos a los que considera diferentes, pero que siempre hay personas dispuestas a ver más allá de las apariencias y conocer a alguien asombroso. August es ese alguien, pero no es el único. Entre las páginas de este libro me he encontrado multitud de personajes que me han encantado por su dulzura y creo que el gran acierto de la escritora ha sido convertir a la mayor parte de ellos en narradores, ya que nos damos cuenta de que August no es el único afectado por su enfermedad. Su hermana, su mejor amigo, su amiga del comedor...todos ellos han visto como sus vidas se alteran por causa del síndrome (a veces para bien, a veces para mal). Gracias a ellos vamos construyendo una historia mucho más completa de la que tendríamos si sólo contásemos con la voz de August, además de que entendemos mejor sus actos a lo largo de las páginas. Juntos nos muestran un precioso mensaje que debería convertir este libro en una lectura obligatoria también en las escuelas de España y no sólo en las de Estados Unidos. 

El hecho de que August tenga diez años acerca la historia a los jóvenes de la casa, pero en ningún momento la hace tan infantil que no pueda atrapar también a los padres, hermanos, abuelos y profesores. Personalmente, recomendaría este libro a cualquier persona sin importarme su edad porque creo que es uno de esos libros que hay que leer en algún momento de nuestras vidas. En general, se trata de una lectura entrañable que nos muestra la importancia de ser amable sin importar el por qué, con capítulos breves que aceleran el ritmo de lectura y hace que sus 416 páginas pasen en apenas un suspiro, llevándonos a un final que es imposible leer sin una gran sonrisa en los labios. 


Lo que más me ha gustado ha sido la manera en la que poco a poco los compañeros de August se van acostumbrando a él. Es cierto que la amabilidad brillaba por su ausencia en gran parte del libro y que ha habido varias escenas de acoso escolar, pero también ha habido preciosas escenas de amistad. Entre esas escenas mi favorita es la del campamento al que acude August con toda su clase. 

Lo que menos me ha gustado. Si tuviese que ser quisquillosa y señalar algo que cambiaría para que este libro fuese aún más perfecto, sería que todos los narradores hablan prácticamente igual. Si abriese el libro en alguna parte al azar y me pusiese a leer, tardaría un rato en descubrir quien es el narrador de esa escena ya que todos tienen la misma forma de expresarse y no hay nada en su lenguaje que les caracterice. De haber conseguido lograr eso, lo cual me parece bastante complicado, la escritora habría puesto la guinda a su libro. 

En resumen, en una sociedad en la que cada vez estamos más centrados en nosotros mismos hacen falta personas más amables, más sonrisas, más "buenos días", más gestos de cariño... R.J. Palacio volvió varias veces a esa heladería en busca de la madre que se fue por su causa, quería pedirle perdón pero no ha vuelto a verla. Sin embargo, creo que el libro que ha escrito es la mejor disculpa que podría ofrecerle, ya que nos ha dado a todos sus lectores algo más importante que unas horas de entretenimiento. Nos ha dado comprensión y estoy segura de que la próxima vez, cuando uno de nosotros se encuentre en ese banco, no se levantará. 





"Sé que no soy un niño de diez años normal. Bueno, hago cosas normales: tomo helado, monto en bici, juego al béisbol, tengo una XBox... Supongo que esas cosas hacen que sea normal. Por dentro, yo me siento normal. Pero sé que los niños normales no hacen que otros niños normales se vayan corriendo y gritando de los columpios. Sé que la gente no se queda mirando a los niños normales en todas partes. 

Si me encontrase una lámpara maravillosa y solo le pudiese pedir un deseo, le pediría tener una cara normal en la que no se fijase nadie. Pediría poder ir por la calle sin que la gente apartase la mirada al verme. Creo que la única razón por la que no soy normal es porque nadie me ve como alguien normal"


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